Sobre la moralidad de los pendientes en menores

La injusticia y brutalidad de poner pendientes en bebés

Bebé sometida a la fuerza ante las preferencias culturales de sus cuidadores.

Una acción contra la integridad humana

Un pendiente (el cual se denomina zarcillo en mi región y recibe otras denominaciones según la zona geográfica) es un objeto que, como su nombre indica, pende de algo. En un sentido más estricto, se refiere a un elemento con propósito decorativo que cuelga de la oreja de un ser humano.

Los españoles y otros occidentales les endosan el uso de pendientes a las hembras de su especie desde que son crías por una razón meramente cultural. En otros países se les extirparía el clítoris, se les colocarían anillas en el cuello, se les vendarían los pies o, más creciditas, las obligarían a ingerir comida a la fuerza para que engorden y estén «bellas» para su futuro esposo. En nuestro caso, bastante común en el planeta, se les perfora sendos cartílagos del mismo modo que se les practica a otros animales esclavizados. Es una forma de explotación infantil; pues a dicho sujeto se lo usa como medio para un fin: la satisfacción de los padres.

El establecimiento antiguo de una discriminación basada en el sexo (sexismo) ha causado una cosificación de la mujer hasta el punto de que, a veces, ni ellas mismas son conscientes de que participan la prosecución histórica de acciones atroces e instauradas contra la dignidad que merecen. Esta acción incurre en la misma inmoralidad que inculcarles discriminaciones morales como el especismo (desprecio hacia quienes no sean humanos) o cualquier otro acto ajeno o perjudicial al individuo.

Confusión categorial entre respeto y alter ego

Justificación del uso de pendientes

¿Hablamos acerca de un niño o sobre la carrocería de un coche?

¿Cómo que «cada uno hace con sus hijos lo que quiera»? ¿Dónde queda la libertad de esa bebé? Las acciones que afectan a terceros no son respetables. Los niños no son objetos a disposición de los deseos de los padres. En sociedad se confunde sistemáticamente el deber de cuidarlos con inculcarles unos determinados gustos o una determinada cultura a la fuerza.  Así como no se los bautiza por «necesidad» ni se los lleva a catequesis por «menester divino», tampoco se les atraviesan las orejas porque vayamos así a salvarles la vida. Seamos francos. Se hace porque se quiere: por inercia, por irreflexión, por antojo, por falta de criterio…

No hablamos de decidir sobre un menor porque tenga un tumor ni ninguna otra situación de vida o muerte; sino de que aquí uno decide sobre el cuerpo de éste por una razón de simple apariencia que no tiene por qué compartir ni en presente ni en futuro.

Las tradiciones y la justificación tan típica de que «le gustará o lo preferirá de mayor» no valen en ética. Más concretamente, se trata de simples peticiones de principio con que se evade un argumento moral. Atentar contra la integridad de un individuo por una razón ajena a sus propias decisiones es siempre injustificable porque, precisamente, nuestra libertad no debe afectar a la libertad de los demás. Los menores, al igual que todos los restantes animales, entran en dicha categoría.

El mismo error de fondo: la racionalización

Los humanos poseen una altísima capacidad de racionalizar su cultura e integrarla en su ser, esto significa que intentarán inherente y desesperadamente justificar sus acciones de origen cultural por el simple hecho de que así se les enseñaron. Si yo dirigiera esta misma crítica a otros culturas existentes (y pasadas) que mantenían otras preferencias en cuanto físico y modales, posiblemente me encontrase igualmente con quienes justificaran esta praxis sin mayor argumento.

Cuando el individuo alcance la mayoría de edad tendrá libertad para decidir sobre su cuerpo. Tomarnos esta legitimidad cuando son menores implica obrar sin ningún tipo de provecho sobre sus vidas y, cuando menos, fomentar daños innecesarios (infecciones) por una razón inútil. Resulta fundamental que la propia mujer reivindique sus derechos y rechace estas prácticas que repite hasta la saciedad por el hecho de que un día lo hicieron contra sus personas.

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