Las bases de la discriminación moral

Veganismo frente a especismo

Una naturaleza heredada

La discriminación moral acontece cuando el grupo dominante se aprovecha de individuos más débiles ajenos al grupo y supedita los intereses de éstos a los suyos propios. Tal supeditación conlleva para los miembros alóctonos una consecuencia teórica (cosificación) y otra práctica (explotación). Se los utiliza como recursos y dicho paradigma se mantiene gracias a la conveniencia socio-cultural y el sesgo de la confirmación, es decir, persiste porque los miembros del grupo dominante lo encuentran beneficioso y les resulta cómodo creer ciegamente en los motivos que les enseñaron sus antepasados para hacer cuanto hacen e intuir dónde se situarían los límites. Debido a la carestía de una base racional, los miembros del grupo dominante justifican la supremacía mediante falacias (ad consequentiam, ad antiquitatem, etc.).

En todos los casos de discriminación se produce el mismo fenómeno basal: el grupo dominante toma variables biológicas diferenciadoras para justificar, en sí mismas (petitio principii), su opresión sobre otros individuos más débiles:

  • El sexista considera que las diferencias entre hombres y mujeres legitiman la supremacía de un sexo frente al otro.
  • El racista considera que las diferencias entre blancos y negros legitiman la supremacía de una raza frente a la otra.
  • El especista considera que las diferencias entre humanos y no-humanos legitiman la supremacía de una especie frente a otras.

Asimismo, la vulnerabilidad (física o psicológica) es una característica esencial para el establecimiento y perpetuación de una discriminación. Los miembros de un grupo se percatan de que pueden hacer algo y convierten el «poder» en «deber». Un somero análisis histórico revela que, efectivamente, en épocas pasadas estaba mal visto no sacar rédito o compadecerse de seres humanos de otra étnia o sexo. Si alguien en posición de poder no emplea tal poder, la sociedad lo percibe como «tonto» o «raro». Pareciera, por momentos, contravenir las leyes no escritas de la cordura. Si alguien puede tener esclavos, ¿va a pagarles un salario? ¿Para qué otorgarles concesiones sin motivo ni utilidad? En otra entrada señalé por qué un comportamiento utilitarista puede estar favorecido por la biología:

Veganismo: una idea inconcebible

Por tanto, como animales sociales, no sólo cabe señalar el sorprendente rasgo genético que desencadena la indiferencia o abuso hacia los diferentes; sino también cuáles genes o factores ambientales fomentan la percepción social existente entre la pragmaticidad y la adecuación grupal: entre cómo la simple demostración de un poder incrementa la relación jerárquica de ese miembro opresor ante sus iguales. Una actitud utilitarista suele convenir tanto para los propósitos personales del individuo (sus necesidades y placeres) como para ganar «respeto» dentro del grupo.

Nuestros actos están modulados por una balanza mental

Muy a menudo, cuando los humanos señalamos la naturaleza (todo aquello no regido por nuestra especie) hablamos de la «ley del más fuerte». En el medio natural (y en el antrópico) solamente existen las leyes físicas. Todas las demás consisten en abstracciones humanas o responden a la necesidad de encontrar una explicación o justificación a nuestros propios sesgos cognitivos. Que un guepardo cace un ñu no es mayor «ley» que la muerte de un bebé a causa de una infección. Sin entrar en un contexto específico, la única diferencia entre lo uno y otro otro reside en que el fenómeno de la depredación resulta útil para justificar opresiones análogas intra- o interespecíficas (sobre todo si se asocia a la velocidad, el sigilo y otros atributos deseables o valiosos desde el punto de vista humano); mientras que nadie ve nada emulable en los actos puramente químicos de unas bacterias. En realidad, nos miramos a nosotros mismos y buscamos aquello en que podamos basarnos para otorgarnos la legitimidad hacerlo.

Todas y cada una nuestras pautas nacen de un cálculo interno entre qué nos conviene o no hacer en cada instante. En tal sentido, podríamos decir que todos llevamos un componente innato para justificar acciones según sus resultados. Yo mismo cuando practico activismo pretendo conseguir algo: cambiar la mentalidad de los demás, liberar tensión, sentirme autorrealizado, etc. No hay nada de malo en perseguir un beneficio (algo que, como explico, es intrínseco a nuestro ser) mientras tales «ganancias» no sean el detrimento de terceros. La clave está en entender la biología y emplear la lógica para lograr que nuestras acciones satisfagan necesidades y apetitos personales sin perjudicar a nadie.

Médico con bata blanca

Un análisis del poder y el simbolismo

Experimentos como los de Milgramla cárcel de Stanford son, hasta la fecha, sumamente relevantes para interpretar el comportamiento humano y, por extensión, componentes genéticos heredados. Ambos estudios sugieren que la existencia de una figura de autoridad y que la cohesión grupal respecto a fin mutuo producen una reducción del sentido de agencia (capacidad de juzgar las acciones propias).

En el primer caso (relación superior-inferior), quizás el sujeto obedece por temor a una reprimenda. Esta hipótesis podría resultar absurda dentro del contexto (el doctor no tiene ningún control real sobre el sujeto opresor); pero no si se estima que nuestra consideración psicológica de una figura de autoridad viene marcada más por las apariencias y que por la experiencia de sucesos pasados. A modo de ejemplo, los comportamientos agonísticos por la reproducción (u otro recurso importante) se basan en la ritualización de movimientos. Durante la berrea estacional, un ciervo se fija en la envergadura del otro macho y el tamaño de sus cuernas antes de retarlo por una hembra. Apenas importa si conoce o no el alcance de su fuerza, a veces ni lo intenta siquiera. Los humanos no tenemos cornamenta; pero sí seguimos el mismo patrón y asociamos determinados símbolos con la fuerza. La bata blanca en los médicos, el esmoquín o los pasos militares son maneras humanas de simbolizar el poder y una herramienta para dominar a otros. Como animales que somos, este fenómeno deriva de una selección natural; pues hay una presión selectiva entre la capacidad de reconocer y aplicar símbolos y un incremento del éxito.

En el segundo caso (relación igual-igual), se palpa un notable sesgo psicológico basado en la cantidad de individuos del colectivo que realizan esa misma acción (ad populum). Aquí, la legitimidad psicológica de la acción no reside en acatar un símbolo de poder (un símbolo incentiva la acción); sino en que el grupo extrae el símbolo a través de la propia acción (la acción genera el símbolo).

En sociedad, la mayor parte del tiempo no estamos recibiendo órdenes o, al menos, no en cuanto a acciones que afecten a animales no humanos. Por ende, cabría afirmar que actuamos principalmente según nuestros propios símbolos de poder. Tanto la percepción social (señalada antes) como la explicación de por qué tendemos a seguir a los demás (aprovechar el poder) deriva de un simbolismo innato y propiciado por el entorno en el cual extraemos nuestros símbolos de poder imitando al resto.

Veganismo - Haz la conexión

El poder de cambiar las tornas

Lo que marca la diferencia radica en que todos no hacemos lo mismo. Casi todos nuestros comportamientos diarios son la suma entre imitación y aprendizaje. Podemos aprender porque contamos con raciocinio y éste, a su vez, nos invita a sopesar nuestros propios actos. Si uno mismo se da cuenta de que comete acciones injustas, el hecho de modificar su conducta causa un efecto tanto en el propio sujeto como en los demás.

Si razonamos que toda forma de discriminación moral es inaceptable y actuamos en consecuencia, no solamente estamos obrando bien; sino que obramos en contra del simbolismo colectivo. En referencia a los Derechos Animales, cuanta más gente rechace la explotación animal, menor será la inercia social y el apantallamiento moral que causa en los miembros del grupo dominante.

Para llegar a vencer dicha barrera se precisa un activismo educacional abolicionista. Si el enfoque se centra en el trato que reciben durante su explotación y condiciones de esclavitud, la sociedad buscará (ya lo hace) amparar sus actos en las ideas utilitaristas de quienes supuestamente los defienden. Dado que tenemos una tendencia biológica hacia la búsqueda del provecho, huelga señalar el resultado.

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