La esterilización (castración) de animales no humanos

Perritos acurrucados entre sí

Víctimas innumerables de la gestión humana

Los perros y gatos, entre otros animales domesticados, carecen tanto de hábitat como de protección legal debido a que están cosificados moralmente junto con el resto de animales no humanos. En numerosas ocasiones, quedan en tierra de nadie y un voluntario u organización decide asumir su cuidado de forma altruista.

Si uno comprende el principio ético de igualdad y reconoce la importancia de respetar a otros sujetos como a nosotros mismos nos gustarían que nos respetasen, está obligado moralmente a buscar los medios y alternativas más éticos al alcance. Esto se refiere a aquellas acciones que coarten y priven menos intereses fundamentales de los afectados. Todos los animales contamos con una serie de intereses, tales como la libertad y el deseo de vivir. A veces nos encontramos que la sociedad, como fruto de la cosificación moral, los ve a modo de «objetos que sufren» (percepción utilitarista). El dolor o sufrimiento no se consideran intereses propiamente dichos; sino medios fisiológicos estrictamente necesarios para la supervivencia.

Los animales no humanos que conviven con miembros de nuestra especie no son libres. Podrán gozar de unas mejores o peores condiciones; pero nunca son libres por el simple hecho de que condicionamos todas las facetas de su vida: vivienda, alimentación, reproducción, etc.

En un mundo ideal, todos los animales domesticados deberían vivir en la naturaleza con libertad para así ser coherentes respecto al principio de igualdad; no obstante, el contexto actual dista dramáticamente de este objetivo. En consecuencia, nuestro papel debe resignarse a velar por sus intereses durante su existencia en la medida de lo posible.

Esterilización de animales no humanos

Una de las aberraciones normalizadas del utilitarismo

Los responsables de tales animales, ya sea un particular o una organización, no cuentan con medios para mantener una cantidad infinita de éstos. Por tanto, resulta comprensible que traten de evitar la procreación.

Cuando se acoge o adopta a un único perro, gato o ambos y del mismo sexo, puede lograrse una convivencia respetuosa con su acogido sin tener que escoger métodos drásticos. Ya no sólo hablamos de la «necesidad» real; sino de nuestra responsabilidad de ser justos y de no aprovecharnos de nuestras habilidades cognitivas para dominarlos por estricta conveniencia.

Dado que los albergues y demás asociaciones están saturados y muchas veces carecen de opciones viables por la coyuntura contextual y económica, tal situación hace «comprensible» (jamás justificable) que se evite la reproducción entre los animales recogidos mediante técnicas contrarias a sus intereses inalienables. Aunque existen varias de control hormonal y bastantes en desarrollo, la más común por diversas razones es la «castración» (extirpación de órganos). Llamarlo «esterilización» es un simple eufemismo; pues en ellos no se persigue únicamente la imposibilidad reproductora; sino la inhibición de todos los comportamientos sexuales involucrados. Esto no suele acontecer habitualmente en humanos.

Castrar no resulta éticamente correcto porque quebrantamos el principio de igualdad. La integridad que merecen otros sujetos es un derecho inalienable a tenor de que todo animal tiende a proteger su cuerpo.

¿Acaso justificaríamos tales acciones en seres humanos? La sociedad entiende que si alguien nos opera sin nuestro consentimiento, dicha intervención incurre en una absoluta violación de nuestros derechos fundamentales. Sólo cabe tomar una decisión del tal índole cuando no exista ninguna otra alternativa.

Asociación de mujeres afectadas por las esterilizaciones forzadas

Bienestarismo, paternalismo y argumentos propios del nazismo

En lugar de contemplarlo como un mal ineludible, hay quienes lo consideran una correcta en sí misma a tenor de que, potencialmente, puede ofrecer beneficios tanto para los animales castrados como para el ser humano.

Aquí se abre la veda del utilitarismo moral. Por una parte, justifican una acción basándose en las consecuencias (falacia consecuencialista) y, por otra, consideran que ellos mismos entran en la ecuación. Que a un ser humano le convenga que un perro o gato carezcan de libido porque así no se escapan, marcan con orinan, maúllan, etc., no tiene ninguna relevancia respecto a la moralidad de las acciones. Las clínicas veterinarias que así lo publicitan persiguen un claro fin comercial y las organizaciones animalistas que así lo apoyen están fomentando la misma mentalidad que causa los abandonos: el utilitarismo moral.

Para ocultar el aspecto utilitarista del mismo, sus defensores se centran en apelar a las consecuencias aparentemente positivas para perros y gatos, y desdeñan tanto cualquier cuestionamiento ético como los efectos negativos de la intervención.

A continuación enumero los argumentos utilitaristas más frecuentes en esta materia:

  1. «Controlar la sobrepoblación»: Eso mismo se podría utilizar para justificar que otros individuos nos castrasen con la excusa de que hay sobrepoblación de seres humanos y de que debemos aportar obligatoriamente nuestro grano de arena como buenos ciudadanos. Incluso asumiendo que uno estuviese de acuerdo con verse sometido a una operación forzada, nada legitima practicarlo contra otros sujetos con independencia de su especie.
  2. «Reducir el sufrimiento»: Este argumento manifiesta dos vertientes, una sobre el propio individuo y otra en relación a su descendencia. Quienes apoyan y practican la castración creen erróneamente que los no humanos en las calles padecen hambre, enfermedades y enfrentan la muerte a tenor de que reproducen. Ello obvia muchos otros factores. Por ejemplo, el abadono viene motivado por una sociedad especista y una fuerte industria detrás que cría miles de ejemplares al año. Por ende, nos encontramos con una falacia non-sequitur, puesto que a partir de la premisa «estar entero» no se deriva «pasar hambre, enfermedades ni la muerte». En sentido inverso, el no tener genitales tampoco evita que no pasen hambre, enfermedades ni la muerte. Cuando además aluden a las posibles crías ni siquiera nacidas ni concebidas, se trata de especulaciones. No son individuos reales. No existen, y como no han llegado a existir, entonces no pueden sentir ni padecer ni nada.
  3. «Para evitarles enfermedades»: El colmo de la confusión categorial entre la realidad y la potencialidad lo hallamos cuando se intenta justificar la castración esgrimiendo que así se los protegen frente a patologías diversas y peligrosísimas (nunca falla que adjunten una fotografía grotesca para demostrarlo). Que extirpar un órgano pudiese prevenir un cáncer, quiste, hipertrofia, etc,. no otorga ninguna legitimidad moral para «jugar a ser Dios» con sus vidas. Defender la castración para evitar enfermedades futuras es tan irremediablemente atroz como justificar el meter a niños en una burbuja para impedir que se lastimen o incluso esclavizarlos en casa para evitar que los secuestren. Nadie en su sano juicio aceptaría este argumento potencial para humanos. Ocurre, simplemente, que quienes los justifican para no humanos siguen observándolos como objetos que sufren y no aplican la misma ética humana. Tenemos un modelo flagrante de paternalismo. En cambio, cuando ya se conoce la existencia de una enfermedad o del desarrollo probable de la misma gracias a pruebas o estudios genéticos, entonces sí debemos actuar por el bien de nuestros compañeros.

Mucho más se explica en este ensayo escrito por Luis Tovar.

Evolución del número de perros abandonados

Una tirita para un desangramiento

Todos estos argumentos utilitaristas derivan de una premisa errónea en origen: aplicar la castración no cambia ni cambiará en absoluto el grueso del crecimiento poblacional. Aunque queda en nuestros manos contribuir para que disminuya el número de nacimientos y abandonos, ni la castración por ello se convierte en ética ni tampoco sirve para trastocar el panorama.

La mayor parte de los nacimientos son provocados, es decir, existe un mercado de compra-venta de «mascotas» en el cual intervienen tanto particulares como empresas. En este sentido, el animalismo especista fracasa rotundamente. Pretende concienciar a la gente para que no compre ni abandone mientras ellos mismos no asumen las bases de los Derechos Animales ni aceptan sus implicaciones. Son como los ecologistas que condenan el cambio climático mientras participan en la ganadería porque los cadáveres de tales víctimas «están ricos». Las lanzas de hipocresía no clavan en ninguna parte.

No existe ninguna solución mágica para casi ningún problema moral. Sin embargo, eso no les impide creer ciegamente a muchos animalistas que por ir castrando a todos los perros y gatos abandonados en las calles así solucionarán el problema.

Si no se ejerce una concienciación ética de la población, lo único que seguirá interpretando la sociedad es que quizás debiera tratar a sus bienes muebles semovientes un poco mejor de cuanto iba haciéndolo hasta el momento. Si la gente considera que les pertenecen, no consentirán que otros les digan qué hacer con éstos. La práctica y difusión del veganismo son un deber moral y práctico.

Violencia verbal - Palabras que matan

Actitudes hostiles y falso altruismo

Ésta es la primera entrada en mi blog que dedico al tema de las castraciones; mas no la primera vez que participo en redes sociales. Por tanto, conozco perfectamente las reacciones habituales frente a las explicaciones ya expuestas. Hasta la fecha he recibido muchísimos insultos, desprecios, descalificaciones y numerosos ataques personales.

Las contestaciones más usuales se resumen en un conjunto variopinto de falacias dialécticas. Acostumbran a comenzar un alegato especial para indicar que uno no tiene potestad para criticar porque no conoce lo suficientemente el asunto ni hace tanto como ellos. De tal forma, desprecian los argumentos ofrecidos con altas dosis de ensalzamiento y vanagloria: «ya te quiero ver haciendo trabajo de rescate», «si tuvieras 50 gatos que cuidar», «lo tuyo es pura retórica», etc. Critican la teoría como si alguien no necesitase reflexionar antes de realizar una acción. ¿Defienden una actuación por mero impulso o inercia?

Asimismo, nos relatan las bondades del protocolo CES y continúan enarbolando múltiples falacias. Entre éstas aparecen peticiones de principio («no les importa estar castrados») y apelaciones a la empatía («si visitaras una protectora respetarías lo que hacemos»).

Si nosotros valoramos nuestro cuerpo, podemos inferir que ellos también lo hacen. ¿Qué nos va decir el visitar una protectora de si la castración es moralmente correcta o no? Nada. Absolutamente nada. Igual que si alguien te dijera «vente a un refugio de niños abandonados» para justificar la mutilación genital de niños.

Después de entablar conversación con un amplio espectro de gente, he llegado a la conclusión de que muchos obran por puro sentimentalismo. Ven las penurias que padecen los perros y gatos en las calles y asocian ese trauma a cuanto sucede por no castrar.

Así pues, el comportamiento de tales individuos no se basa en que realmente les importen las vidas de tales animales; sino que los usan como alter ego para luchar contra el sufrimiento que les genera el estar al tanto de esta circunstancia.

En cualquier caso, poco trasciende si lo hacen por gusto o por ayudar. Aunque nadie niega que haya un problema grave y vigente, la castración sigue siendo un atentado contra los Derechos Animales y un acto que jamás debemos justificar mediante consignas del utilitarismo moral como tampoco lo haríamos para los humanos.

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