Falacias animalistas: el alegato nihilista

Alegato nihilista - Nadie tiene la verdad absoluta

En este artículo sucinto voy a profundizar en un pensamiento irracional extendido dentro del ámbito animalista, el cual impide la autocrítica y fomenta la falsa creencia de que hacer cualquier cosa en beneficio de los animales no humanos está «bien». Lo llamaré «el alegato nihilista» debido a un ensayo excelente escrito por el filósofo Aurelio Arteta. Para ahondar recomiendo una sección del blog de Igor Sanz dedicada a las falacias animalistas.

En una entrada antigua traté de señalar que se enseña un concepto erróneo de «tolerancia», por el cual la sociedad interpreta que «tolerar» significa no entrometerse de ninguna forma en las acciones ajenas y seguir nuestro camino con absoluta indiferencia. Dado que, según el pensamiento de estos sujetos, las acciones deben respetarse mientras no afectan a nuestras personas, esto desemboca en la consideración de que toda opinión (un tipo de acción) debe respetarse en sí misma aunque carezca del más mínimo fundamento. De esta forma, se eleva la opinión personal al grado de argumento por el simple hecho de estar respaldado en la libertad de expresión.

A diario, los activistas escuchamos expresiones como «nadie tiene la verdad absoluta» (y otras análogas) cuando criticamos acciones bienestaristas o discutimos acerca de las medidas tomadas por ciertas organizaciones. Quienes sueltan estos alegatos justifican una suerte de relativismo que, además de no demostrar su principio (petitio principii), se contradice a sí mismo. Si nadie tiene razón, entonces ellos también se equivocan al enunciar dicha frase.

Este tipo de expresiones comunes y aparentemente conciliadoras esconden una confusión categorial entre la persona y el argumento. Realmente nadie tiene la verdad absoluta; pues la verdad no se halla en los individuos (falacia ad verecumdiam); sino en los argumentos y pruebas aportados para sostener dicha razón. Por tanto, una intervención que contenga tal enunciado no es más que una fórmula bien vista para afirmar que los argumentos propios merecen respeto por proceder de uno mismo y que los no-propios carecen de interés.

Ejemplo de cómo fomentar la indiferencia y la incapacidad crítica

Esta diapositiva respecto a debates orientados para niños es un ejemplo de cómo  el sistema fomenta la indiferencia y la incapacidad crítica. No importa pensar; con hacer el paripé ya somos ciudadanos responsables…

Curiosamente, este alegato falaz suele venir acompañado de menciones ad hominem con las cuales pretenden ningunear razones contrarias mediante la emisión de juicios de valor sobre las intenciones de éstos, es decir, resulta habitual que acusen a cualquier contrincante de «ego», «moralista» o de que «sólo le importa llevar razón» a la par que invierten todas sus energías en escurrir el bulto. Como colofón, si quien emite un alegato nihilista está acompañado de amigos o familiares (ya sea en físico o a través de Internet), surge un auténtico concierto de falacias animalistas que, irónicamente, no hace sino plasmar la irracionalidad que los separa de quienes sí tienen la razón porque son capaces de demostrarlo mediante una argumentación apropiada.

Que seamos libres de expresarnos no otorga validez a nuestras palabras ni nos brinda legitimidad para defenderlas. Basarnos en meras intuiciones para negar los argumentos ajenos sin tan siquiera habernos tomado la molestia de analizarlos incurre en una terrible deshonestidad. Libertad de expresión significa que tenemos un derecho inalienable para expresar nuestros juicios, a tenor de que poseemos asimismo un interés inalienable en comunicarnos y relacionarnos en sociedad. Esta facultad, en sentido biológico y legal, nos otorga la oportunidad de transmitir cuanto deseemos; mas no respalda nuestros deseos o prejuicios. Lo mejor que puede hacer alguien ofendido ante la crítica es contraargumentar o aceptar la razón del contrario. Nadie muere por estar equivocado, todos lo estamos la mayor parte del tiempo. Rectificar es de sabios y afirmarlo se basa en la premisa de que para modificar nuestros pensamientos y conductas se requiere forzosamente realizar un análisis de nuestros argumentos y los del otro. Quien pretenda hacer siempre lo mejor sin atender a razones yerra flagrantemente, y aquí lo argumento.

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