El manifiesto vegano

El manifiesto vegano

Origen

La cultura es una parte integral de lo que somos: forja cada elemento que la biología deja a disposición del medio, marca el idioma con que nos comunicamos, cómo nos relacionamos con los demás y nuestra percepción hacia el mundo físico. No nacemos como una tabula rasa; pues ya desde el vientre materno empezamos a asimilar un «yo» que nos acompañará durante buena parte de nuestra vida. El saber, las experiencias y los traumas moldean nuestra predisposición genética y nos forman una personalidad única y diferente.

Al igual que hace siglos había humanos expuestos a crecer en una atmósfera terriblemente racista, y todavía hay quienes se engendran en un ambiente sexista y homófobo, todos nos criamos en una cultura especista [vídeo]. Es decir, nos inculcan desde pequeños una serie de valores o deberes para con otros animales basados en la utilidad que nos ofrecen (utilitarismo) porque, a pesar de que se muevan y muchos posean un cerebro y sentidos muy desarrollados, consideramos ciegamente que sólo nosotros contamos con individualidad e intereses. Tomando nuestros propios sentidos como base, la ciencia reconoce que no nos diferenciamos en nada relevante. Si no fuese así, cuanto sabemos de ellos no sería en absoluto aplicable a nuestra especie. La mayor parte del conocimiento científico sobre el Homo sapiens proviene de la observación histórica y, más recientemente, experimentación con otros animales.

Esta realidad, en lugar de servir como argumento para la continuación de prácticas antropocéntricas, nos lleva de nuevo a reconocer forzadamente que si otros animales no son distintos de nosotros, no cabe darles un tratamiento desigual en aquellos parámetros en que coincidamos. A menudo se señala que si un animal carece de obligaciones no puede tener derechos, lo cual, además de falso, resulta sumamente hipócrita: cuando los explotamos les endilgamos una obligación para con nosotros. Un toro en una plaza, un caballo montado o atalajado, un primate en un zoo, una vaca estabulada, una gallina enjaulada, cerdos, sardinas, palomas, abejas, etc., tales animales están obligados a hacer o permanecer de cierta forma porque los humanos lo hemos decidido. Entonces, ¿dónde quedan sus derechos?

Del mismo modo en que antes del cese de la esclavitud humana se postularon medidas y propuestas con un fin «amortiguador» entre conflictos de intereses, desde hace décadas existe una respuesta «apagaconciencias»: el bienestarismo. Esta ideología toma la filosofía del utilitarismo moral y la aplica a la explotación animal. Si hace dos siglos nos encontrábamos con organizaciones que pedían un descanso para los negros, menos latigazos o la compra conjunta de madres e hijos; en el caso que nos atañe nos topamos con grandes instituciones que exigen mataderos de muerte rápida, huevos de corral y jaulas algo más grandes para estos esclavos. El fin es el mismo: perpetuar el uso como recurso porque nos beneficia al mismo tiempo que se logra mantener la conciencia tranquila. Los medios y fines se diluyen ante las apetencias puntuales o permanentes de sus explotadores. Cada explotador, ya hablemos de particulares o la industria, maneja sus «objetos» como le viene en gana. El bienestarismo refuerza la idea de que todo ello sería una «elección personal» mientras no se los hiciere sufrir en exceso para la finalidad a cual se los compele.

Nuevamente, esta analogía no cobraría sentido si los demás animales fuesen piedras o seres inertes. Si merecen un reconocimiento moral y legal se debe a las mismas razones que se emplearon para constituir los Derechos Humanos: la posesión de intereses inalienables (necesidades conscientes) tales como la libertad, integridad y vida. Si estimamos que dichos intereses son valiosos en sí mismos en nosotros, ¿por qué acaso no van a serlo en tales sujetos? Hasta la más diminuta hormiga pelea por sobrevivir y estiman su vida aunque nadie más lo haga. Reducir las acciones no-humanas al instinto es un reduccionismo para obviar el sesgo de que nos cuesta asumir las semejanzas. Pues, si los humanos al final no resultamos ser tan exclusivos ni el sol gira a nuestro alrededor, ¿en qué podemos agarrarnos para darles un sentido a nuestra existencia?

Reconocimiento

Cada uno es libre de creer en cuanto desee; pero no de obrar según sus apetitos. Si los demás animales valoran sus propios intereses, ningunearlos sería una contradicción respecto al deseo propio de que otros respectasen los nuestros. Por esta inferencia lógica nació históricamente el veganismo: el movimiento social por la abolición de la explotación animal, el cual se confunde constantemente y con dudosa intencionalidad con el vegetarianismo. Una vez tomamos conciencia de una realidad científica (ellos también sienten y padecen) y antropológica (cultural), nos lanzamos a tratar de explicar cómo hemos llegado a esta situación en que millones de animales pertenecientes a otras especies pierden la vida en nuestras manos por razones inverosímiles y el más nimio de los placeres atávicos.

Así, retornamos al punto inicial, nacemos en una cultura que nos inculca nociones incorrectas y sesgadas sobre la naturaleza. Estas fallas, en consonancia con propósitos individuales o colectivos, nos llevó al origen del especismo: la discriminación moral según la especie. Y, más concretamente, la creencia de que una diferencia génica marca la diferencia entre quiénes merecen respeto y quiénes la muerte del mismo modo en que desde los albores de la civilización hemos esclavizado vilmente a otros humanos. Por tanto, nuestro deber es dejar de participar en la explotación animal (uso como recurso) de todos los demás animales de la misma manera en que abogamos por la justicia hacia otros seres humanos.

Por desgracia, un planteamiento tan sencillo se ve expuesto y vapuleado frente al egocentrismo y conveniencias de quienes viven y disfrutan gracias al trabajo de terceros. La creciente preocupación social por el «bienestar animal» ha convertido lo que debiera ser una evolución o progreso humano en un negocio redondo (con audiencia televisiva incluida), en el lucro mediante la desgracia ajena y el autoconsuelo de quienes prefieren ceder su arbitrio y agencia moral en aquéllos que, con bellas y rimbombantes palabras, les alivia el sufrimiento de saber que causan un mal evitable (por ejemplo, comer carne) por el hecho de donar para que, milagrosamente, ciertas víctimas sufran una miseria algo menor antes de terminar en sus platos.

El cambio comienza en nosotros mismos; no cabe esperar un mundo más justo mientras seamos parte de la injusticia. En un principio solemos sentirnos asaltados por racionalizaciones peregrinas para no aceptar la realidad (justificación en la tradición, en el supuesto beneficio, etc.). Nadie piensa nunca que está equivocado. Asumir que nuestra cultura causa un holocausto contra otros animales sin ninguna necesidad real nos genera de antemano un fuerte rechazo que motiva el incurrimiento en falacias dialécticas. Una vez abandonamos la visión tan «idílica» (manipulada) de la explotación animal, introducida desde nuestra infancia, entendemos nuestro deber de actuar.

Acción

Salvar víctimas mediante acción directa es una virtud; pero no cambia la mentalidad colectiva. Dado que todas nuestras acciones derivan de la cultura, si no nos esforzamos por transformar el acerbo cultural en donde nos hemos criado, ¿cómo evitaremos el status quo? Es literalmente imposible que un pescador deje de ver con buenos ojos el acto de pescar porque exista gente que rescate peces y vuelva a echarlos al agua. Aparte de una sonrisilla entre dientes, no lograremos un cambio en dicha persona. En consecuencia, si el problema es cultural; la solución deberá producirse mediante activismo educativo.

Como seres emocionales, el activismo causa estrés y frustración tanto por su ejercicio como por nuestra experiencia acerca de los horrores de la explotación animal. Este desasosiego propicia oscilaciones comportamentales que pueden conducirnos hacia la pérdida de nuestros valores tan apreciados. Las prisas por reconvertir la sociedad y las esperanzas vacuas provocan que muchos activistas vuelvan a convertirse en parte del problema al apoyar las medidas que permiten y fomentan la continuidad de la percepción moral causante de todo mal. Defender propuestas como el «Lunes sin carne» equivale a reivindicar un «Lunes sin violaciones», implica afirmar que reducir el consumo o las violaciones sea un paso en sí mismo en vez de un deber mientras fomenta otras formas de explotación como los lácteos o los huevos. En el mismo saco se hallan las campañas monotemáticas, propuestas bienestaristas como la carne de laboratorio y el enfoque en el «maltrato».

Las presiones por parte de instituciones animalistas (empresas de facto) y los visos todavía presentes del especismo de nuestro anterior «yo», llevan al autoengaño, el «elitismo altruista» (sentido de superioridad a causa de que se hace el bien en un océano de malas conductas), el «elitismo moral» (pensamiento consistente en que los demás no están preparados para cambiar) y la sobrevaloración de aquellos animales más cercanos (perros, gatos, etc.). Otros, además, están profundamente influenciados por sus sentimientos y perciben a los demás animales como un alter ego sobre el cual intervenir sin ninguna clase de coherencia ética; desde la extinción de especies carnívoras y practicar la zoofilia hasta la manipulación genética de animales para «despojarlos del defecto de sufrir». Quienes promulguen y practican estas barbaridades no son veganos y únicamente empañan nuestra labor y argumentos.

Todos los animales no humanos están catalogados como «bienes muebles semovientes».  Tal denominación responde a una previa consideración moral, por ende, de nada sirve luchar contra los términos aplicados (por ejemplo, a través de peticiones por internet): la transformación social requiere la derogación de su estatus de propiedad como respuesta intrínseca a una asunción moral en la igualdad. Esto se sintetiza en los seis apartados del principio abolicionista. Sin activismo, no hay avance posible porque nuestros actos proceden de una enseñanza anterior.

Si, finalmente, comprendemos el origen de nuestra mentalidad, por qué debemos cambiar y cómo hemos de aplicarnos hacia otros humanos, marcaremos la diferencia que necesita este mundo; no por nosotros, sino por ellos.

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