Educación animal: aspectos éticos subyacentes

Terrier con correa en la boca

Ética animal para la convivencia

 

En la actualidad estamos rodeados de animales domesticados, ya hablemos de la ciudad o el campo. Aquellas personas más concienciadas los recogen (adoptan) para darles una vida mejor, mientras que otros los crían para fines antropocéntricos y acentúan, con ignorancia o conocimiento de causa, un problema gravísimo al que apenas hacen mención en los medios: la sobrepoblación animal por efecto antrópico de especies domesticadas en detrimento de las especies «salvajes».

A raíz de que no siempre la relación humano-animal es deseada o se desarrolla de una manera preconcebida, desde hace ya varias décadas pueden encontrarse en librerías y supermercados multitud de libros y revistas especializados en esta «problemática». En éstos suele aparecer un humano en posición amenazante, señalando con el dedo índice a un can para indicarle ‘yo mando’. También los hay con títulos bastante sugerentes como «doma rápida» o «entrenamiento seguro» con foto incluida de un hombre dándole cuerda a un caballo en un picadero o atalajando a uno.

En virtud de nuestras propensiones naturales, no hemos de extrañarnos por que así acontezca. A los humanos, en términos generales, nos encanta el control y la dominancia sobre otros. En ello se fundamentan las guerras que asolan el mundo, el terrorismo, los gobiernos dictatoriales y el triunfo del capitalismo; por destacar algunos ejemplos. Desde siempre hemos incumplido el principio de igualdad. Aunque una educación en sentido estricto puede «mejorar» la relación entre ambas partes si se practica con miramientos, resulta conveniente pararse a pensar y recordar que ésta ya parte desde un punto desequilibrado. En nuestro entorno humanizado se requiere que los animales mantengan una actitud determinada o asuman una situación para evitar peligros (pj: correas) o que sufran un accidente. Esta descompensación aludida subyace en que la relación humano-animal siempre nace por menester del humano (obviemos contextos muy improbables, como la posibilidad de encontrarnos con un leopardo en la sabana africana) y, normalmente, éste lo hace con un fin propio, individual y egoísta; por especismo. Pues bien optaría cualquier animal por eludir nuestra presencia y poder vivir con los demás miembros de su especie en libertad y sin vernos nuestras feas caras. Por tanto, una educación animal puede beneficiar al animal en cierto modo sólo y exclusivamente mientras nos hallemos en un ambiente humanizado y diferente al medio natural; nunca nos corresponderá tal potestad en ambientes «naturales».

¿Cuáles hay? ¿Cuáles quedan? Difícil de analizar. Hemos alterado todos los ambientes conocidos y ya no hay vuelta atrás. Solamente, aquéllos que respetamos a los animales y amamos a la naturaleza deseamos que no se siga con la destrucción de hábitats ni con el forzamiento al vasallaje, es decir, a convertir más especies animales salvajes (o casi) en especies domesticadas. ¿Habrá un futuro mejor para estas especies? No lo sabemos y yo, personalmente, no estoy muy esperanzado en esta dirección utópica.

 

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