Argumentos a favor de las bridas abiertas en Farming With Horses

Explotación de caballos en arados

Críticas a las anteojeras por Steven Bowers y Marlen Steward.

 

Recientemente conocí el libro «Farming With Horses», escrito por Steven Bowers y Marlen Steward. Ambos autores son unos hombres estadounidenses que se dedican a la doma de caballos destinados al tiro y, en general, a la agricultura por medio de tracción animal. Poseen una gran experiencia en la gestión de caballos y gozan de cierto reconocimiento en el sector. Esta entrada, lejos de guardar fines publicitarios o aspirar a reseñar la obra, tiene el propósito de destacar aquellos escasos puntos en los cuales coincido éticamente con un documento cuyo objetivo no se basa en otro que difundir y propugnar acciones especistas tales como el empleo de caballos en arados, carruajes y diversos deportes para beneficio económico o recreativo del hombre.

En cualquier caso, me alegra que de entre toda una vasta cantidad de información anecdótica y llena de batallitas me haya topado con unos pasajes muy llamativos que sirven para demostrar que hasta quienes son más cerriles y tradicionales en asuntos vinculados al manejo de équidos pueden cambiar su visión de la realidad. ¿A qué materia estoy refiriéndome? Pues al nada conveniente empleo de anteojeras en caballos enganchados, un tema ya tratado con anterioridad en este blog: Explotación hacia los caballos: Anteojeras I y Explotación hacia los caballos: Anteojeras II.

 

Nota del traductor: Me he tomado la libertad de traducir el texto sin ningún tipo de relación con los autores o la editorial. Solamente presento unos fragmentos resumidos con una literalidad moderada. Es decir, si bien he procurado conservar el orden, me he visto obligado a reformular muchas oraciones y a omitir algunas anécdotas superfluas. Supongo que haciendo esto infringo los trillados derechos de autor; sin embargo, no me queda otra opción para allegar la argumentación de estos dos individuos a las personas de habla hispana no bilingües.

 


 

Ver el paisaje entero. Un argumento a favor de las bridas abiertas.

Estuve hablando por teléfono con mi sobrino y le mencioné que ahora estaba conduciendo a la mayoría de nuestros caballos con bridas abiertas y enseñándole a la gente los beneficios de hacerlo de esa manera. Inmediatamente, se puso a echar chispas: «¿Estás loco? Ése es un buen modo de provocar que la gente se haga daño. ¿No eras tú uno de los pasaba muchísimo tiempo ilustrando los beneficios de las anteojeras y cómo colocarlas?».

Podía ver que él no iba a aceptar mi nueva forma de hacer las cosas sin discutir. Su actitud la comparten muchos de quienes nunca han considerado usar bridas abiertas. Si desea que lo miren con completa desconfianza y suspicacia, basta con acercarse virtualmente a cualquier espectáculo de enganches en Estados Unidos manejando un caballo sin anteojeras. La mayoría de los espectadores querría expulsarlo de allí con gran apremio antes de que su caballo se desbocase y destrozara algo.

 

Los carreteros sí usan bridas abiertas

Después de darle a mi sobrino un momento para calmarse, comencé a explicarle mis razones para el gran cambio de «con anteojeras» a «sin anteojeras». Pareció confortarlo el contarle que yo no soy el único en la Tierra que emplea bridas abiertas. En muchos países extranjeros resulta más común ver caballos enganchados sin anteojeras que con ellas. Incluso así ocurre en situaciones altamente complejas con calles atestadas y un tráfico espantoso.

 

Los caballos que no llevan anteojeras exhiben un alto rendimiento

Luego le di a mi sobrino una perspectiva histórica. Hacia los comienzos del siglo XX, antes de la introducción de equipos motorizados contraincendios, se utilizaban caballos para impeler los vehículos imprescindibles para combatir un fuego. Entonces, a todos esos animales se los dirigía sin anteojeras y aun así se mantenían bajo control. Imagine la vergüenza para el cuerpo de bomberos si sus bestias de carga pasaran de largo en cuanto viesen el humo emergiendo por las ventanas. En ninguna imagen antigua he visto jamás un caballo perteneciente a un equipo contra incendios que llevara anteojeras, sólo pueden encontrarse hoy en recreaciones modernas.

Los caballos de artillería que empujaban cañones durante la Primera Guerra Mundial son otro ejemplo de cómo  logran desempeñar estos animales una labor extremadamente exigente (una que excede de sobra cuanto se les exige en la actualidad durante las faenas cotidianas) sin la necesidad de que algo les obstruya el campo de visión. Aquellos equinos estaban entrenados tanto para ser montados en cualquier momento y lugar como para ocupar el emplazamiento que fuese en un carruaje. A veces, para precisar la localización exacta de los cañones enemigos, se los hacía avanzar hasta delimitar la llamada «línea de la muerte» y conseguían su objetivo incluso con los bombardeos a plena vista.

 

¿Cuál es el beneficio de ver?

También expuse un argumento filosófico a favor de las bridas abiertas. No importa cómo las estimes, acortar parte o toda la capacidad que tiene un caballo para estudiar el entorno es una técnica de refreno. No se trata de una técnica relacional, como el uso del bocado dentro de la boca del animal, porque las anteojeras están o no están: no se utilizan para guiar o detener a los animales según algo les cubran los ojos o no. Cuando un carruaje se apresta para salir, las anteojeras se emplazan cuidadosamente con la finalidad de que permanezcan ahí bien puestas durante toda la conducción, no importa cómo esté comportándose el caballo. Así pues, las anteojeras no dependen del comportamiento; lo cual las convierte en un dispositivo de control no relacional.

Dado que los caballos son animales especialmente relacionales, pienso que es mejor un seguir entrenamiento adecuado para demostrarles que uno mismo es igualmente tan «relacional» como ellos.

Metiéndonos un poco más en profundidad, debido a que las anteojeras son unos elementos de contención que no se usan de manera relacional; únicamente sirven para comunicarles psicológicamente al animal que no se confían en él cuando éste dispone de pleno uso de sus facultades: consiste en una sutil pero poderosa forma de decirle al caballo que sólo queremos utilizar su cuerpo sin usar su mente. En otras palabras, las anteojeras le dicen al caballo que usted no se fía ni lo más mínimo de cómo usará su cerebro si pudiera ver enteramente qué estamos haciendo con él.

Una de mis citas favoritas sobre esta materia es: «Si introduces un elemento de desconfianza en una relación, se acaba la comunicación». Una parte importante del lenguaje de la «confianza» está en «ser abierto».

Para muchísima gente, tener a sus caballos haciendo lo que deben sin haber ningún tipo de respeto mutuo llega a ser aparentemente deseable. Uno de los motivos más básicos para que un caballo salga huyendo es el miedo. Muchos carreteros valoran el efecto «restamiedo» de las anteojeras porque son lo único que conocen e incapaces de aplicar otras fórmulas.

La clave está en entrenar mediante tácticas que se basen en el respeto y no en el miedo como factor estimulante; aunque, para ello, se precisa una mentalidad diferente.

 

Las anteojeras y la imaginación.

Mi sobrino parecía entender ahora mi perspectiva, así que añadí mi razón preferida de todos los tiempos para no ponerles anteojeras: incrementar la calma. Si le quitas al animal la capacidad de ver cuanto esté a su alrededor, estás multiplicando las posibilidades de que imagine cosas que realmente no están ahí. A menudo he oído historias de algunos cocheros sobre que sus caballos no se asustan ante perros ladradores cuando éstos se les acercan desde lejos; pero que, tan pronto como las anteojeras ocultan el perro en un lado de la acera, emprenden una enloquecida escapada.

Imaginación, desconfianza e incapacidad de ver pueden causar un pánico repentino en estos animales.

Como iba diciendo, la clave radica en un entrenamiento cuidadoso en el cual logremos desensibilizarlo ante la carga que lleve. Algo que caracteriza a los caballos entrenados en bridas abiertas es la tranquilidad y suavidad con la que actúan. Se les nota así que ha aumentado su comprensión mental. En cambio, aquellos caballos entrenados con anteojeras suelen desbocarse si de repente ven cuanto llevan detrás. Éstas deberían ser razones suficientes para que todo cochero se replanteara su forma de entrenar. Depositar en unos trozos de baqueta la esperanza de que no sucederá una catástrofe no lo veo como un acto prudente ni apetecible.

Si pese a este razonamiento sigue sin tener interés en desterrar las anteojeras, sepa igualmente que algún día puede toparse con otro cochero cuya manera de ejercer sea distinta. Al contrario de la reacción inicial de mi sobrino, ponerles unas bridas abiertas no es algo que nadie haga por un episodio de locura. Quienes así proceden se sienten más seguros. Como le dije a sobrino: en vez de mantener una actitud «ciega» sería mejor que abriera los ojos para contemplar otra cara del mundo.

 


 

Por desgracia, la mayor parte del libro sólo me produce náuseas, sobre todo, cuando realiza referencias puntuales a arreos «de control» durísimos utilizados en entrenamientos o durante las competiciones; sin apreciarse ningún matiz crítico. Es más, ellos mismos deberían aplicar su propio análisis y consideraciones para estar en contra de algunos artilugios, tales como los engalladores y las sobrerriendas, basándose en que son asimismo instrumentos no relacionales (además de increíblemente crueles).

Pese a todo, es de agradecer que individuos tan involucrados en este mundillo tengan capacidad de autocrítica y así lo expongan; aunque resulte insuficiente.

 

Los artículos sobre caballos están basados en artículos etológicos y en mis experiencias personales con estos nobles animales, ¿le importaría aportar alguna consideración?

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